lunes, 2 de junio de 2008

Hacia una Alianza Norte-Sur de Energía Verde

LUIS ALBERTO MORENO 09/12/2007
El debate sobre los biocombustibles y la seguridad energética se encuentra en una encrucijada. Las percepciones en Europa y Estados Unidos han oscilado del entusiasmo a la alarma, como consecuencia de una serie de informes que resaltan el alto costo de los subsidios a los biocombustibles y los impactos negativos en el precio de los alimentos y el uso de la tierra y el agua.

Recientemente muchos grupos ambientales y agroindustriales se han declarado en contra de la expansión de la producción de biocombustibles. Y hace poco, un alto funcionario de la ONU llegó al extremo de proponer una moratoria global de los proyectos de biocombustibles.

Desde el punto de vista de países industrializados con climas templados y limitadas cantidades de tierras agrícolas disponibles, estas posiciones son compresibles. Por lo general, los biocombustibles en el Norte se obtienen a partir de aquellas plantas como el maíz y la colza, que tienen poca eficiencia energética y que requieren costosos insumos. Y dado que la mayor parte de la tierra arable en el Norte se encuentra bajo cultivo, es probable que los biocombustibles compitan con las cosechas de alimentos, en caso que continuase esa expansión.

Pero estas limitaciones no son aplicables a muchos países en desarrollo con climas tropicales y recursos agrícolas subutilizados. En el Sur, los biocombustibles son derivados principalmente de cultivos energéticamente eficientes, como la caña de azúcar y la palma de aceite (la caña de azúcar contiene por lo menos 8 unidades de energía por cada unidad usada en cultivo, en comparación con el maíz, que tiene solo 1,3 unidades).

En esos países, los recursos agrícolas y acuíferos son abundantes. Cerca del 90% del territorio de América Latina, por ejemplo, se encuentra bajo climas húmedos o semi-húmedos, y de acuerdo con algunas estimaciones, sólo el 20% de la tierra arable se encuentra bajo cultivo.

En consecuencia, es poco probable que la producción de biocombustibles en los países en desarrollo compita con la producción de alimentos. En Brasil, el área destinada a la producción de etanol es 60 veces menor al área dedicada a la ganadería. Incluso si el 100% del consumo total de gasolina en ese país fuera sustituido por el etanol, la tierra requerida para producir ese volumen sería aproximadamente la mitad del total que Brasil destina hoy a la producción de maíz.

Los biocombustibles pueden ser especialmente apropiados para pequeños países en desarrollo que dependen de combustibles fósiles importados. Guyana, por ejemplo, debe importar petróleo para generar toda su electricidad. Pero sus productores de azúcar, que representan alrededor del 9% del PBI, están en condiciones de satisfacer sus necesidades de electricidad, cogenerando energía eléctrica durante el proceso de producción de azúcar.

Estos productores usan equipos relativamente antiguos e ineficientes para la cogeneración. El Banco Interamericano de Desarrollo estima que, si decidieran renovar sus equipos y adquirir las últimas tecnologías -como las calderas de alta presión, por ejemplo- los productores de azúcar de Guyana podrían abastecer hasta la mitad de las necesidades totales de electricidad del país, sin necesidad de sembrar una hectárea de caña adicional. Si Guyana usara una parte de su abundante tierra disponible para expandir la producción de caña de azúcar, podría producir suficiente etanol como para resolver todas sus necesidades de transporte, cogenerar suficiente electricidad como para abastecer a toda su red eléctrica, y tener aún la posibilidad de exportar etanol sobrante.

Está claro que para los biocombustibles, la relación costo-beneficio varía dramáticamente dependiendo de la ubicación geográfica. En lugar de condenar a los biocombustibles de manera generalizada, la comunidad internacional debería enfocarse en encontrar maneras complementarias y productivas de explotar esas diferencias.

Una opción obvia consiste en eliminar todos los aranceles que afecten a la importación de biocombustibles. Aunque tales importaciones sólo satisfagan una pequeña fracción de las necesidades energéticas del mundo industrializado, podrían ayudar a poner en marcha la producción de biocombustibles en los países pobres, atrayendo inversión y generando empleo en las áreas rurales. Esto produciría oportunidades económicas en lugares que hoy son las principales fuentes de origen de la migración ilegal a los países industrializados.

En retribución a la eliminación de barreras a los biocombustibles, los países industrializados podrían exigir la eliminación de aranceles sobre tecnología, químicos y maquinarias en los sectores de energía renovable y de eficiencia energética. Productos como las celdas solares, las turbinas de viento y los componentes para edificios de alta eficiencia energética podrían de esa manera encontrar nuevos y grandes mercados en África, América Latina y Asia.

El Norte necesita biocombustibles, pero tiene una capacidad limitada para producirlos. El Sur tiene tierras, condiciones climáticas favorables y abundante mano de obra rural, pero carece de inversión de capital y tecnología. Ampliamente concebido, un "Régimen de libre comercio en energía sostenible" reconocería esta realidad y aprovecharía las fuerzas del mercado para ayudar a confrontar uno de los más grandes desafíos de nuestra época.

Luis Alberto Moreno es presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Unas obras en el metro desentierran fósiles con más de 13 millones de años

Los paleontólogos recuperan 1.500 piezas en la estación de Carpetana

PILAR ÁLVAREZ - Madrid - 27/05/2008

Del tamaño de la palma de una mano. Con muelas como la yema de un pulgar de color marrón picado. El hueso de la mandíbula está repleto de fisuritas, pero sorprendentemente entero. Ha reposado casi 14 millones de años a seis metros bajo tierra. Pertenecía a una suerte de caballo cebra ya extinguido, el Anchiterium. Patas blancas, lomo color miel con rayas marrones tanto en el cuello como en la parte trasera, el hocico oscuro y las orejas pequeñas. El dueño de la mandíbula murió ya mayor, como sugiere

En la Vía Carpetana (Latina), por donde hoy circulan los coches y proliferan los edificios altos y grises, pastaba este animal ya extinguido, rodeado de multitud de plantas de las que echar mano cuando apretaba el hambre y con un clima muy cálido que podía combatir con un chapuzón en alguna de las lagunas que salpicaban la llanura madrileña.

Las excavaciones previstas para instalar ascensores en la estación de metro de Carpetana (línea 6, la circular) han dejado al descubierto los restos del Anchiterium, el primer caballo del Mioceno europeo, y otras 1.500 piezas del mismo periodo, con una antigüedad de entre 13,8 y 14,1 millones de años. El nuevo yacimiento forma parte de las Terrazas del Manzanares, un tramo del río entre El Pardo y Getafe, declarado Bien de Interés Cultural en 1993.

A seis metros bajo tierra, junto a otra explanada inferior en la que los obreros continúan las obras del suburbano tras descartar posibles fósiles, una docena de paleontólogos con cascos y punzones de madera rascaban ayer la tierra con paciencia. Unos junto a otros, en una parcela de 20 metros cuadrados dividida con cuerdas en rectángulos. Quedan otros 20 metros cuadrados por rastrear, donde esperan encontrar "otras 800 o 1.000 piezas", según explica David Sancho, director de la excavación de Carpetana.

El supervisor del yacimiento está "sorprendido" por la gran cantidad de material descubierto. "Hemos encontrado hasta mandíbulas enteras", añade Sancho. También restos de cuernos de rumiantes "difíciles de encontrar", aunque Madrid sea una zona rica en yacimientos. De la misma época son el de Alhambra, hallado en San Isidro, junto al Manzanares, o en la zona de las cocheras de la estación de Laguna (también en la línea 6). La circular de Metro ha sido una fuente importante de restos paleontológicos, según Pilar Mena, técnica arqueóloga de la Dirección General de Patrimonio.

En este tipo de excavaciones, según Sancho, lo habitual es recuperar restos de micromamíferos (ratones, pequeños reptiles...), de los que esperan conseguir abundantes y minúsculas muestras tras revisar al milímetro las más de cuatro toneladas de tierra pendiente de analizar.

Pero no sólo hay piezas pequeñas. En la explanada de Carpetana se han hallado huesos y mandíbulas de mastodontes, tortugas gigantes, jirafas, rumiantes o rinocerontes, además de vestigios de una especie de carroñero que también desapareció, el oso-perro. Deben trabajar rápido para evitar que la lluvia de estos días convierta en un fangal el yacimiento y oculte de nuevo los vestigios. El análisis de los restos de polen les permitirá saber también cuál era la flora de la que se alimentaban algunos de estos animales.

La extracción de restos, iniciada en marzo, terminará en un par de meses. Después vendrán la restauración y estudio de los fósiles conseguidos, que serán trasladados al Museo Nacional de Ciencias Naturales (José Gutiérrez Abascal, 2). Cuando termine la excavación, continuará otros ocho meses la instalación de seis ascensores y cuartos técnicos. No habrá cortes en el servicio de metro de la estación de Carpetana.

El Gobierno regional abrió ayer el yacimiento a los periodistas. Aún no se sabe cuándo y cómo se mostrarán los recientes hallazgos a los madrileños. Metro se plantea enseñarlos en sus propias instalaciones. La última palabra la tiene la Consejería de Cultura.

n sus dientes gastados de tanto masticar.


La larga travesía por el desierto


Turquía cumple todos los requisitos técnicos para entrar en la UE, pero no logra completar sus reformas

F. C. 20/01/2008

La visita del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan a España ha reactivado el debate sobre el ingreso del país euroasiático a la Unión Europea. El propio presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, manifestaba abiertamente su apoyo a la adhesión turca, mientras que Erdogan aprovechaba la ocasión para recordar que Turquía cumple con todos los requisitos técnicos de la Comisión, razón suficiente para que la UE "explique de forma científica por qué no se les acepta dentro del club comunitario". Para el jefe del Ejecutivo turco, su país cumple los criterios de Maastricht, a diferencia de muchos actuales socios de la UE.

Un largo camino

La adhesión de Turquía a la Unión Europea ha estado marcada por un largo y tortuoso camino de más de 40 años y que comenzó formalmente en octubre de 2004. Unas negociaciones que casi siempre han estado condicionadas por la política, la religión y los derechos civiles, pero también por la economía. Precisamente, el argumento que Erdogan ha tomado como referencia para agilizar su ingreso. Los datos indican que Turquía ha crecido a tasas que duplican a la Unión Europea en el último lustro, realizando importantes esfuerzos para adaptar su economía a estándares comunitarios.

Después de solventar la severa crisis del sistema financiero de 2001, el país ha tenido un crecimiento sostenido que le ha permitido casi triplicar su PIB en seis años. Con una producción de 500.000 millones de dólares, el país se ha colocado en el puesto número 17 de las economías más grandes del mundo y en el sexto del continente, después de los Países Bajos. Durante esta década, la Administración turca también ha logrado controlar sus elevadas tasas de inflación, un mal que ha afectado históricamente a las finanzas turcas, con tasas que en el año 1997 rozaron el 100% de crecimiento anual. En 2001, este indicador llegaba al 68,5%, producto de la fuerte depreciación de la moneda local, la lira, reduciéndose hasta el 8,6% en 2007.

Esta evolución ha ido acompañada con el control de las cuentas públicas que, de momento, le permiten cumplir con los criterios de austeridad presupuestaria establecidos en Maastricht. Después de una serie de acuerdos con el FMI, Turquía ha pasado de tener un déficit fiscal del 12,9% del PIB en 2002 hasta bajar del 3% exigido por Europa a partir del año 2005. En cuanto a la deuda pública, ésta se ha reducido hasta el 64% en 2006, desde el 104% de 2001. Datos que, según Turquía, le hacen cumplir adecuadamente los estándares europeos. No obstante, para el club comunitario hay una serie de reformas que aún están pendientes.

Descontando las disputas con Chipre, el problema kurdo, los escasos avances en materia de derechos civiles y mejoras del sistema judicial, hay trabas económicas que siguen siendo un problema. En sus sucesivos informes sobre la adhesión, la Comisión ha advertido que la autoridad monetaria no es lo suficientemente independiente del poder político y que las autoridades públicas no terminan de desligarse del sistema financiero. En al ámbito del empleo, la UE ha detectado incumplimientos relativamente importantes en lo que se refiere al respeto de los derechos sindicales, a la lucha contra el empleo no declarado y a las capacidades administrativas.

Temas pendientes

Otro de los temas aún pendientes para la UE es la fiscalidad y su escasa adaptación al acervo comunitario en temas como el IVA y los tipos aplicados, la estructura y los tipos de los impuestos especiales y la fiscalidad directa. No obstante, la Comisión reconoce que, en cuanto a la competencia, la armonización con el acervo en el ámbito de los acuerdos entre empresas está ya muy avanzada y que la adaptación legislativa en este ámbito continúa progresando. También destaca la consolidación de la intermediación financiera, aunque aún se detectan problemas en el avance de sectores clave como la energía y los transportes.

Por su parte, la OCDE agrega que se debe hacer más esfuerzos para atraer al inversor extranjero, además de trabajar para reducir los elevados tipos de interés y mejorar la flexibilidad de los mercados laborales, lo que debería ayudar a la economía a mejorar su competitividad. En su último informe de 2007, la Comisión advierte un panorama positivo para la constitución de empresas.

Esto ha permitido que la inversión extranjera directa (IED) haya tocado niveles récord durante 2007. Los últimos datos del Gobierno turco indican que este indicador pasó de los 1.700 millones de euros de 2003 a los 16.000 millones de euros hasta octubre de 2007. Un dato que en su mayoría se debe al proceso privatizador que se está emprendiendo y que podría disparar hasta los 30.000 millones de dólares la IED.

Precisamente la inversión es uno de los puntos clave para las empresas europeas y españolas. Durante 2006, más del 70% de las inversiones llegadas al país llegaron desde los países europeos, superando los 10.500 millones de euros durante 2006 y los 2.700 millones hasta abril de 2007. Los sectores más apetecidos son la construcción, el turismo y las infraestructuras. Pero no sólo eso. Con más de 80 millones de habitantes, los intercambios comerciales de Turquía con Europa van en alza. En 2005 se dirigieron a la Unión Europea el 52,3% de las exportaciones turcas. En importaciones turcas, en 2005, el 42,1% de las mismas procedían de la UE. El saldo comercial es tradicionalmente favorable a la UE.

La conexión española

La apuesta de Zapatero por Turquía, manifestada esta semana, no es una casualidad. En los últimos años, las cifras de intercambios comerciales entre ambos países marcan sucesivos récords. En 2007 se alcanzaron los 7.000 millones de euros, frente a los 6.000 millones del ejercicio anterior. El propio Erdogan ha señalado que su deseo es que esta cifra se eleve a los 10.000 millones cuanto antes. De esta manera, las exportaciones de la economía española hacia Turquía alcanzaron en 2006 un 2,8% de la cuota de mercado. De acuerdo con los datos de la Oficina Económica y Comercial de España en Ankara, España fue el sexto país receptor de exportaciones turcas en 2006 con un 4,3%.

Según el Instituto de Comercio Exterior (Icex), el punto débil en las relaciones económicas y comerciales entre España y Turquía es la inversión. La concentración de las inversiones españolas en países de Latinoamérica y la UE hace que Turquía no sea un objetivo prioritario. Con todo, los datos oficiales del país euroasiático indican que Turquía es el undécimo receptor de la inversión española al extranjero, con 333 millones de euros acumulados hasta marzo de 2007. Las posibilidades españolas están centradas en sectores como las infraestructuras, el turismo y la energía.

lunes, 24 de marzo de 2008

El Pais.REPORTAJE."Lo pasé fatal en la escuela"

Fátima Elidrisi, protagonista de la primera polémica por el velo islámico, recuerda su experiencia

LOLA GALÁN - Madrid - 07/10/2007

Han pasado dos años desde que Fátima Elidrisi dejó el Juan de Herrera, un instituto público de San Lorenzo de El Escorial (a unos 50 kilómetros al noroeste de Madrid). "Me fue fatal allí. Por la clase de gimnasia. Algunos profesores me decían que no podía llevar velo. Tenía muchos problemas, casi como al principio. Llamaban a la directora, pero ella no decía nada", declara por teléfono, en un español inseguro, desde el rincón de Andalucía donde vive con su familia desde el año pasado. Aunque pocos recuerdan su nombre, la escolarización de Fátima, en febrero de 2002, a los cinco meses de su llegada a España, estuvo precedida por la mayor polémica sobre el uso del hiyab -el velo que usan las musulmanas a partir de la pubertad-, que se había escuchado hasta entonces en este país.

"No trato con culturas sino con personas", dice el director de un centro a favor del pañuelo

Cuando Fátima, que no había cumplido los 14 años, fue enviada a la escuela apenas pudo chapurrear algo de español. Le tocó un centro concertado, el Inmaculada Concepción. Las monjas concepcionistas que lo gestionan se negaron a aceptarla, tocada con su hiyab. Su padre, Alí Elidrisi, rechazó también el centro católico. La polémica estaba servida.

Al final, las autoridades optaron por escolarizarla en el instituto público Juan de Herrera, pese a que la entonces directora, Delia Duró, era contraria al velo.

El primer día de clase de Fátima se convirtió en todo un acontecimiento mediático. La niña entró en el aula con el pañuelo anudado al cuello, un atuendo que mantuvo en la escuela hasta 2005, cuando dejó los estudios.

Apagados los focos que iluminaron brevemente su vida, Fátima pasó un año trabajando en una tienda de San Lorenzo de El Escorial, de la que no quiere dar más datos. "Llevaba mi pañuelo y no pasaba nada", recuerda ahora, ya con 19 años cumplidos, y empeñada en sacarse el título de graduado escolar y el carné de conducir. De la polémica de la niña de Girona no sabe absolutamente nada, pero se extraña de la edad de Shaima. "A los ocho años no se lleva el velo. Es muy pequeña, incluso a los 14 se es pequeña". Aunque, reflexiona: "¡Qué más da! No entiendo por qué la gente está pendiente de estas cosas. Cada uno tendría que pensar en lo suyo".

La madre Belén, actual directora del Inmaculada Concepción, elude referirse a aquella polémica. "Yo estaba entonces en otra autonomía". Pero defiende la decisión de no admitir a Fátima. "Cuando los niños se escolarizan en el centro aceptan respetar sus normas, y el uniforme es una de ellas. Nosotras tenemos también alumnos inmigrantes. No sabría decirle cuantos, unos diez, creo, y estamos muy contentas con ellos. Enriquecen nuestra visión del mundo, que es plural".

En el Juan de Herrera, donde estudió Fátima, todavía la recuerdan. Su caso sirvió de pauta al reglamento interno que aplica hoy su nuevo director, Ramón Vázquez. "Permitimos a las chicas musulmanas que vengan con el pañuelo, pero no dejamos que los alumnos lleven gorras. Yo no trato con culturas, sino con personas. Y las chicas musulmanas no son libres para quitarse el pañuelo". En el instituto, uno de cada cuatro alumnos es inmigrante, aunque los musulmanes son apenas una treintena, de ellos 12 chicas, "de las que sólo tres o cuatro llevan pañuelo", dice Vázquez. No le cabe duda de que el suyo es un centro "liberal". Pero, este director aplaudiría la llegada de una norma superior a la que atenerse en caso de conflicto. Mientras llega, el muestrario de soluciones caseras que cada centro da al problema de los atuendos es variado e imaginativo.

Caben muchas matizaciones entre las dos posiciones extremas: liberalismo total, al estilo del Reino Unido, y prohibicionismo total, tan estricto como el que se aplica en Francia, donde todos los símbolos religiosos están proscritos en la escuela.

Un ejemplo de máximo liberalismo es el colegio concertado de las Mercedarias, en el centro de Madrid. Los alumnos llevan uniforme, pero un uniforme laxo, por lo que se ve a la salida del centro: chavales con chándal que se atienen sólo parcialmente a los colores obligatorios -pantalón azul marino y camisa blanca-, con colgantes y piercing; chicas con minifaldas vaqueras. Ninguna con hiyab. "Será porque ellas no quieren ponérselo, porque nosotras lo aceptamos", dice Olga, que ha sido alumna y profesora del centro y ahora controla la portería. ¿La llaman hermana o madre, los chicos? "Huy, eso pasó a la historia, ahora nos tutean". Olga -pelo blanco y ojos claros- dice que los alumnos vienen casi todos de la zona, un sector degradado del centro de la ciudad. "Tenemos infinidad de hijos de prostitutas. Ellas son bellísimas personas". Lo del uniforme responde a una petición de los padres. Las mercedarias no lo impondrían. "A los musulmanes les preparamos comida especial. Nunca hemos tenido problemas".

Y ése es un aspecto clave. Porque los reglamentos internos de los centros se basan, muchas veces, en la propia experiencia. En el instituto Benlliure, de Valencia, con más de mil alumnos entre los 12 y los 20 años, (30% de inmigrantes), se vivió hace años una situación complicada que obligó a tomar medidas. Lo recuerda el jefe de estudios, Josep Cuenca. "Tuvimos una alumna musulmana en uno de los ciclos superiores, el de Turismo, que usaba el velo. Y era un problema. Porque la enviábamos a hacer prácticas en el aeropuerto, o en la recepción de un hotel, y las empresas nos la devolvían, por el velo". El profesor a cargo del curso informó del caso y el claustro decidió que había que prohibir a los alumnos cubrirse la cabeza. "Aquí no se aceptan ni hiyab, ni gorra, ni capuchas. Es una cuestión de estética", dice Cuenca. Las alumnas musulmanas llevan el velo sólo hasta la puerta.

En el instituto Las Américas, de Parla (a unos 20 kilómetros al sureste de Madrid), han optado por una solución intermedia. "Las niñas musulmanas pueden venir con pañuelo, pero no aceptamos prendas que tapen la cara. Por eso no admitimos que entren en clase con gorras o con gafas de sol", explica Ángel Humanes, director del centro desde hace siete años. Humanes, al frente de un colectivo de 700 alumnos (unos 120 inmigrantes), cree que la fórmula mágica para evitar problemas es aplicar el sentido común. "La intransigencia es fatal. Pero tan malo es pasarse como quedarse corto. El de fuera tiene que aceptar las costumbres de aquí".

Aunque la situación dista de ser homogénea. "En Andalucía estamos muy bien. Aquí no hay problemas con estas cosas del velo", asegura Fátima Elidrisi. Y tampoco en Ceuta, con mayoría de musulmanes. Juan Luis Aróstegui, que dirige el instituto Puertas del Campo desde hace 22 años, lleva décadas viendo a las alumnas entrar a clase con su pañuelo. "Aquí la naturalidad es absoluta. Ni destaca, ni llama la atención. Aunque tampoco son muchas las muchachas que lo llevan". Aróstegui ha detectado un aumento del uso del hiyab en los últimos años. Pero jamás lo prohibiría.

Claro que eso está bien cuando todo va como la seda. Pero, ¿y cuando surgen los problemas? Ramón Vázquez, del instituto Juan de Herrera, tiene claro que debería haber una norma de la Administración a la que atenerse. "Si no, nos dejan a los directores a los pies de los caballos".


ABC.Opinión.Islam por qué nos dá miedo.

ENRIQUE SERBETO
2-12-2007 10:05:54

Hace meses se produjo un hecho curioso en el barrio bruselense de Etterbeek donde vivo: algunos padres se dieron cuenta de que el típico «boudin», una salchicha de carne de cerdo tan belga como los mejillones, había desaparecido sin previo aviso del menú de las escuelas públicas. La respuesta se encontró en el concejal encargado de las cantinas escolares, alguien que, gracias a las belgas tradiciones de tolerancia infinita, era un emigrante de origen marroquí que por razones religiosas había decidido por su cuenta que se eliminasen los alimentos «impuros» puesto que había niños musulmanes en las escuelas públicas. Al asunto se le dio carpetazo -un remedio muy belga-, pero hubo quien pensó que la idea del concejal no era mala del todo, puesto que los niños no musulmanes pueden comer sus deliciosas salchichas en casa (exquisitas con puré de manzana) y así en la escuela no habría problemas. En el otro extremo, hay una organización caritativa que los primeros viernes de cada mes se presenta en la Estación Central con una sopa a base de carne de cerdo y la distribuye a los indigentes, entre ellos musulmanes que se quedan mirando cómo los otros se relamen. Las salchichas, la polémica del velo, los horarios para mujeres en las piscinas públicas, la enseñanza religiosa, la construcción de mezquitas... cada día se alarga la lista de problemas que ponen a las sociedades democráticas en el dilema de optar entre la tolerancia, que es uno de sus principios fundamentales, o la imposición de esos mismos principios a las comunidades musulmanas.

Uno de los últimos en contribuir a este debate es el antiguo embajador israelí en Francia y profesor de Historia de Occidente, Élie Barnavi, con un libro que si bien se titula «Las religiones asesinas», en plural, para referirse sobre todo al islam, más concretamente a la incapacidad de esta religión para adaptarse a una sociedad laica y lo que él considera que ha de ser «una advertencia a la gente de que algo muy grave está en marcha en Europa y todo el mundo, y que debe ser detenido porque pone en peligro nuestro modo de vida y libertades».

Cuando se trata de abordar el terrorismo y cómo combatirlo, nos parece más fácil enmarcarlo. Es difícil entender a los suicidas, pero, al fin y al cabo, contra la violencia la defensa de la sociedad casi siempre es evidente. Pero Barnavi nos advierte de que los valores de la sociedad occidental están en peligro tanto por la actitud de muchos musulmanes, como por nuestra incapacidad para defenderlos: «El relativismo cultural no es malo en sí, puesto que permite que veamos al hombre detrás del extranjero, más que al extranjero tras el hombre, es decir, nos permite concebir a la humanidad. Pero, cuando esto ha conducido al relativismo moral, ha destruido los sistemas de defensa inmunitaria de la sociedad».

Cuando fui a ver a Barnavi a su despacho bruselense, estuve a punto de pensar si, por ser de origen judío, tampoco a él le gustaría el «boudin». Su respuesta es clara: «La laicidad no es un dogma, es un instrumento jurídico, cultural y social para permitir a las distintas religiones vivir juntas sin tirarse al cuello unas contra otras. Si flaqueamos en este concepto, entonces ya no hay límites y empiezas a tener clases segregadas, mujeres musulmanas que se niegan a ir a clase de gimnasia o de Biología, o de historia, porque no refleja la visión del Islam». Sin embargo, cuando hace un año tuve que entrevistar -en su gueto- al imán de la mezquita de Copenhague, Abu Laban, el que organizó el escándalo de las caricaturas de Mahoma, me di cuenta de que, cuando se les habla de laicidad, muchos musulmanes en Europa interpretan que nosotros hemos abandonado la religión, lo que les confirma en que la suya es la verdadera, y así a sus ojos se cumple la profecía de que el islam gobernará el mundo. El imán sólo quería saber si ese proceso había sido muy rápido en España. «No me molesta -dice Barnavi- que sigan creyendo que su religión es la verdadera... Lo único que les pido es que acepten que entran en una civilización en la que lo religioso se debe separar dentro de la esfera de lo público. Y no puede haber compromisos con esa regla».

Velos, libertades e hipócritas

No es fácil decir imposición en esta civilización occidental, hablando a la vez de libertades. He entrevistado varias veces a Tariq Ramadán, que pasa por ser un reformador del islam para hacerlo compatible con las reglas europeas, y siempre acaba diciendo: «De acuerdo, libertad individual, pero también para las mujeres que quieren llevar el velo». Este jueves me envió una carta condenando la sentencia somalí contra la profesora británica Gillian Gibbons porque sus alumnos bautizaron como Mahoma a un osito de peluche, o el castigo de la muchacha saudí ¡por haber sido violada! Dice Ramadán: «¡Vuelvan al islam, vuelvan a la Justicia, vuelvan a la razón!» «Ya conozco el discurso de Ramadán -responde Barnavi-. Es un discurso muy hipócrita, que se esconde tras las cortinas de la ejemplaridad para vender la mercancía de los Hermanos Musulmanes. Ramadán es eso. No se trata de prohibir a las mujeres llevar el pañuelo por la calle... Pero el velo que cubre el cabello es una cosa, y el nikab, que cubre completamente a la mujer excepto los ojos, es sencillamente una agresión al prójimo. Diez o doce mujeres cubiertas en las calles de Londres parece algo folclórico, son saudíes que vienen a comprar a Harrods y se van. Pero diez mil fantasmas negros por la calle... eso es insoportable para cualquier sociedad. Por eso digo que o lo hacemos nosotros, los demócratas, o un día lo harán los fascistas. De ello depende la supervivencia de nuestros valores».

Es fácil pensar que frente a las desigualdades que fomenta el multiculturalismo sólo sirve la defensa de la igualdad y de los derechos individuales. Pero, cada otoño. cuando empieza el curso, veo en la Universidad de Estambul las manifestaciones de las jóvenes musulmanas que reclaman su derecho individual a ir a clase con el velo, invocando los principios de no discriminación y las libertades universales. «Hablemos del velo -responde Barnavi-. La primera vez que el asunto salió a la luz en Francia, el socialista Jospin era ministro de Educación. Entonces no hizo lo que debía porque tenía miedo de las reacciones. Hubo que abordar el asunto diez años después, en una situación más desfavorable. Pero la experiencia prueba que se hizo sin grandes dificultades, y con el apoyo de la comunidad musulmana, sobre todo de las mujeres. Ahora ya no hay problemas de velo en las escuelas francesas. Cuando uno se muestra firme en la defensa de los principios democráticos, y cuando se asocia a la comunidad musulmana, todo sale bien. El problema es que en Europa siempre prefieren escoger como interlocutores a los más extremistas, que ciertamente no suelen ser representativos».

Puede pasar, y de hecho ha pasado en Francia, que para obtener el apoyo de los residentes musulmanes hay ayuntamientos originariamente laicos que han aceptado cosas como la segregación entre hombres y mujeres en las piscinas públicas. Es decir, hay muchos caminos en las democracias por los que pueden pasar sus enemigos. ¿Debemos ser tolerantes excepto con los intolerantes, como decía Karl Popper? Barnavi contesta: «Creo que Popper se inspiró en el revolucionario Saint-Just, que decía que no debe haber libertad para los enemigos de la libertad. Pero ya vemos cómo terminó aquello: todos a la guillotina. Es fácil ser tolerantes con los que son como nosotros, lo difícil es serlo con los diferentes, con los que no te gustan. El límite es cuando sentimos que se pone en peligro la supervivencia del cuerpo social. En ese momento debo levantarme y decir que no puedo aceptarlo».

No lo dice abiertamente, pero a través de sus palabras se desprende una acusación directa a la izquierda europea «cargada de complejos y de sentimientos de culpa» por haber abandonado la defensa de los valores de la sociedad liberal y laica. A la «Alianza de Civilizaciones» le dedica un capítulo que en la entrevista resumió tajante: «Es una impostura intelectual. No quiere decir nada, yo no me siento parte de una civilización distinta de los musulmanes que quieren integrarse en las sociedades libres, porque creo que hay sólo civilización y barbarie. ¿Con quién hablaría yo, quién hablaría en nombre de otra civilización? ¿De qué voy a hablar yo con el señor Ahmadineyad? ¿De cómo quiere borrar a Israel del mapa? Me parece una verborrea inepta que oculta el auténtico desafío que es cómo preservar nuestro modo de vida en una sociedad libre».

Claro que es imposible ignorar a los musulmanes que viven en Europa, «Ya hemos cometido muchos errores. Cuando era embajador en París, la primera visita que hice fue a Lille, y allí me recibió Martine Aubry (la alcaldesa socialista) y me habló de un barrio musulmán que se había convertido en una zona sin ley. Estaba gobernado por un imán integrista y nadie se atrevía a ir allí, ni la policía, ni la justicia, ni los bomberos. Cuando ella llegó a la alcaldía pensó que debía visitar ese barrio y, efectivamente, el imán y sus ayudantes la recibieron en la frontera con pan y sal, proclamando que se consideraban una unidad extraterritorial al margen de la comunidad urbana francesa. Le dije: ¿cómo lo acepta? Pero solo respondió: no lo acepto, me limito a vivir con ello. Eso es un gravísimo error».

Hace años, cuando era corresponsal de ABC en Marruecos le pedí a Abdelilah Benkirán, uno de los dirigentes integristas tolerados por Hassan II, que me explicase su definición de la democracia: «La democracia -me dijo- es un sistema muy útil para organizar colectividades a través de la representación. Pero si un día se hiciera en Marruecos un referéndum sobre el alcohol y el 99 por ciento de los votantes dijera que beber es legítimo, yo no lo aceptaría jamás, porque esa es una prohibición que establecida en el Corán de una vez y para siempre». En efecto, en el Siglo XV se determinó que los ulemas ya no podían seguir interpretando con criterios innovadores la doctrina religiosa islámica, se proclamó el principio de la inmutabilidad de los textos y prácticas musulmanas, lo que ha impedido cualquier adaptación a la modernidad. La Revolución Francesa, que significó la derrota del mandato divino a manos de la soberanía popular, fue recibida en Oriente Próximo como el primer acontecimiento que venía de Europa sin vínculos con la religión cristiana. Pero los musulmanes pronto descubrieron que el laicismo era aun más peligroso para sus intereses. Tras el paso de Napoleón -y sus ideas- por Egipto, el Gobierno del sultán de Estambul distribuyó panfletos en árabe y turco advirtiendo a sus súbditos de que «los franceses no creen en la Unidad del Señor de los Cielos y la tierra. Han abandonado todo tipo de religión. Pretenden que no existen ni la resurrección ni el juicio final ni examen de la vida pasada ni la retribución en el Mas Allá, ni preguntas, ni respuestas. Afirman que todos los hombres son iguales en su humanidad y en su condición de hombres y que cada uno es libre de organizar su vida. Y siguiendo estas ridículas creencias han erigido nuevos principios legalizando todo lo que Satán les ha inspirado».

Las cosas no han cambiado mucho, al menos desde el punto de vista teórico. En 1990, la Organización de la Conferencia Islámica aprobó la Declaración de El Cairo que constituye la interpretación musulmana de los Derechos Humanos: «El islam -se dice- es la religión de la naturaleza incorrupta. Está prohibido ejercer cualquier forma de coacción sobre las personas o aprovechar su pobreza o ignorancia para empujarlas a otra religión o al ateísmo». Desde el punto de vista doctrinal, el cristianismo -una religión de la que Barnavi dice que su principal misión ha sido convertir a las sociedades al laicismo- es muy complejo, con dogmas que no son fácilmente defendibles frente a argumentos más simplistas. Para mentalidades de muchas sociedades arcaicas, el laicismo es un pensamiento más sofisticado.

Sin complicaciones

«La baza positiva del islam es su escasa complejidad y su doctrina que, en algunos aspectos, resulta más racional y convincente. Es un hecho que tal sencillez constituye en la actualidad un motivo frecuente de conversión», dice el polémico teólogo católico alemán Hans Kung en su tratado sobre el Islam. El punto débil de la sociedad democrática, según Barnavi, «es que es frágil... Debería haber un culto a la libertad, que es el único valor global, como ellos cultivan los valores del extremismo religioso. Pero no tenemos esa resistencia. Y cuando se escucha el discurso de la izquierda, por diversas razones, siempre están a la defensiva e intentan comprender a los demás, cuando en realidad hay un momento en el que ya no hay que comprender nada, hay que pararlos».

ABC.Sociedad.Un cargo histórico para una mujer del Islam.

6-2-2008 02:49:04

POR ROCÍO CARRIÓN

FOTO: ROBER SOLSONA

VALENCIA. Elegida el domingo como presidenta del Centro Cultural Islámico de Valencia (CCIV) -donde antes ya había ejercido los cargos de secretaria y vicepresidenta- no pensaba que este hecho fuera a causar tanto revuelo mediático. Cubierta con el velo islámico y de negro riguroso nos reconocía estar muy ilusionada, porque para ella es un reto, aunque mira el cargo con respeto e, incluso «un poco de miedo por la responsabilidad que asume».

La nueva presidenta del CCIV es valenciana, pero se convirtió al Islam hace ya 12 años, después de contraer matrimonio con su actual esposo, Rachid. Desde 1999 forma parte de la junta directiva, donde ha desempeñado diversos cargos.

Su primer cometido será presentar un programa y una previsión de presupuesto a la asamblea general del centro en el plazo de un mes. «Mis objetivos son incrementar la línea de actuación del Centro, reforzar el papel de la mujer e intentar que los medios de comunicación conozcan mejor a los musulmanes y su mentalidad», explica. Reconoce «la necesidad de que la sociedad española nos reconozca como somos y no nos vean como una amenaza. Somos unos ciudadanos más y podemos aportar cosas muy buenas».

Sus compañeros la respetan y la quieren. Ayer, pese a la vorágine informativa en torno a su persona, se respiraba alegría y buena sintonía entre aquellos que se encontraban rezando, trabajando o de paso por el centro. Muchos temas en el tintero: el velo islámico («queremos que se nos respete, no que se nos prohiba») o la integración de la religión islámica en los colegios. Pero un único objetivo, «que los musulmanes sean miembros de la sociedad en la que viven, que participen en la misma de forma activa y enriquecedora».

ABC.Opinión.Islamismo y cohesión social.

JUAN PEDRO QUIÑONERO
16-2-2008 10:39:14

Los musulmanes europeos tendrán que elegir entre asumir el patriotismo ciudadano de hombres libres, asumiendo leyes y responsabilidades comunes para todos los europeos, o seguir las sirenas revolucionarias de una fe que aspira a imponer sus convicciones religiosas al resto de los no musulmanes. En Dinamarca, Holanda, el Reino Unido, Alemania, Francia y en España se recuerdan las advertencias de las asociaciones musulmanas moderadas, que han denunciado la amenaza creciente de un islam subversivo.

Sería impensable que ningún Estado occidental impusiera policialmente una fe religiosa. Tolerancia y libertad de culto son indisociables en las sociedades europeas, donde la cohesión social se funda en valores cívicos comunes.

Sin embargo, Teherán sí financia grupúsculos religiosos más allá de sus fronteras, Pakistán sí «exporta» células islamistas revolucionarias, y el secretario general de la Organización de la conferencia islámica (OCI), Ekmeleddin Ihsanoglu, aliado turco del proyecto español de la Alianza de Civilizaciones, ha recordado que, desde la óptica musulmana, los problemas del islam europeo son indisociables de Afganistán, Pakistán, Irak o Palestina, donde Hamás, con financiación siria e iraní, ha denunciado con violencia la nueva publicación de las caricaturas de Mahoma, en Dinamarca.

Los musulmanes europeos, ¿son patriotas ingleses, holandeses, daneses, alemanes, franceses o españoles? ¿O estiman que su fe religiosa les ofrece una patria «superior», la comunidad musulmana mundial, representada por la OCI?

Una minoría musulmana considera amenazantes las acciones de los revolucionarios islámicos, partidarios de la propagación del islam «por todos los medios». Pero una gran mayoría de las jerarquías religiosas musulmanas denuncian las «provocaciones islamófobas», muy sensibles a su fe y poco sensibles a la libertad de prensa. Afganistán, Pakistán, Irak, el Líbano, Gaza, las decenas de millares de muertos argelinos, el 11-M, nos recuerdan la importancia de esa guerra revolucionaria islámica para el futuro mismo de Europa.